El dolor adopta formas diversas: una punzada, una leve molestia… Dolor sin más, el dolor con el que convivimos a diario, pero hay un dolor que no podemos ignorar, un dolor tan enorme que borra todo lo demás, y hace que el mundo se desvanezca, hasta que solo podemos pensar en cuanto daño hemos hecho, como enfrentarnos al dolor depende de nosotros. El dolor hay que anestesiarlo, aguantarlo, aceptarlo, ignorarlo. Para algunos la mejor manera de enfrentarse a él es seguir viviendo.
El dolor solo hay que aguantarlo, esperar a que se vaya por si solo y a que la herida que lo ha causado cicatrice, no hay soluciones ni respuestas sencillas, solo hay que respirar hondo y esperar a que se calme. La mayoría de las veces el dolor puede aliviarse, pero a veces llega cuando menos te lo esperas, te da un golpe bajo y no te deja levantarte. Hay que aprender a aceptar el dolor, porque lo cierto es que nunca te abandona y la vida siempre lo acrecienta.
Pero ¿qué debemos hacer cuando el causante de nuestro daño está sufriendo por nosotros? ¿Es justo que sufra quien ha hecho sufrir, haciéndote sufrir el doble? Sé que suena como un trabalenguas, de hecho, es un trabalenguas, un comecocos. Que lo único que conseguirá será volvernos más y más locos mientras más lo pensemos. Hay que vivir, en la vida hay errores, todos cometemos errores. Pero a veces sólo se trata de contar uno, dos, tres... y él error habrá sido perdonado. El perdón está para algo, pero la memoria también. Tres, dos, uno... recuerdo archivado.